PATOLOGÍA  AUTOINMUNE  = PATÓGENOS  (continuación)

Como dijimos en el anterior artículo, los patógenos son capaces de provocar una respuesta inmunológica que afecta a los tejidos del organismo huésped. Los mecanismos que inician este fenómeno son numerosos, pero entre todos ellos destacan tres:

Superantígenos:  Un antígeno es toda sustancia capaz de estimular la producción de anticuerpos específicos. Sin embargo, un superantígeno es una molécula producida por un patógeno que desencadena una respuesta inespecífica y que involucra un gran porcentaje de linfocitos y una liberación masiva de citoquinas proinflamatorias, siendo el resultado una enorme respuesta inmune.

Reactividad cruzada:  La mayoría de los antígenos son proteínas. Cuando un antígeno bacteriano o vírico es similar a una proteína corporal, puede ocurrir que los anticuerpos generados para inactivar dicho antígeno se unan a las proteínas del organismo y generen inflamación y daño en los tejidos.

Como ya hemos visto, la mayoría de las sustancias con efectos antigénicos son proteínas de alto peso molecular, es decir, que son largas cadenas de aminoácidos. Cuando un anticuerpo se une a un antígeno lo hace siempre en el mismo eslabón de la cadena de aminoácidos. Es aquí donde aparece la confusión, porque el sistema inmunológico reconoce las proteínas por los eslabones de la cadena de aminoácidos y no por toda la cadena, es decir, para el sistema inmunológico, proteínas orgánicas y proteínas antígenas son lo mismo.

Los patógenos están al tanto de este mecanismo de reconocimiento y se sirven de él para pasar desapercibidos frente al sistema inmunológico.

Este mecanismo de defensa que utilizan numerosos patógenos se denomina “mimetismo molecular” y consiste en sintetizar proteínas idénticas a las de los tejidos que invaden.

Al cabo del tiempo el sistema inmunológico detecta los patógenos y los ataca, pero ataca también los tejidos por no poder diferenciarlos.

Formación y deposición de complejos inmunes:   Cuando un anticuerpo neutraliza un antígeno se forma un complejo llamado “antígeno-anticuerpo”. Estos complejos deben ser exterminados puesto que su acumulación en el organismo ocasiona problemas.

Numerosas bacterias y virus producen antígenos que dan lugar  a la formación de complejos inmunes que no son correctamente detectados por los macrófagos y por tanto deben ser procesado por los lisosomas (lugares donde se  realiza la digestión intracelular) de la capa de células que recubre el interior de los vasos sanguíneos (endotelio vascular).

Pero una vez saturado este mecanismo de defensa, los complejos autoinmunes acaban depositándose en los tejidos, desencadenándose una respuesta inflamatoria que acaba con los antígenos pero también con los tejidos.